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En las cartas del Tarot confluyen diversos sabidurías: la astrología, la numerología, la hermenéutica, el Taoismo, el cristianismo y el judaísmo, y más recientemente el psicoanálisis jungiano… Es imposible no encontrarse en las imágenes del Tarot pues en ellas se refleja, en su totalidad, el inconciente colectivo de la humanidad entera.
De los orígenes del Tarot sabemos muy poco: que ya se utilizaba en el Antiguo Egipto, que solía usarse para enseñar la Tora, que sus personajes y símbolos, tal como les conocemos hoy en día, tienen más de seis siglos de antigüedad, que la división de las cartas en Arcanos Mayores y Arcanos menores procede de un maso diseñado en Marsella hacia el siglo XIV, y poco más. El resto son tan solo especulaciones.
El Tarot, como la Esfinge, es un Oráculo que cubre sus huellas con la niebla del Tiempo. |
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Al ocultar su pasado, el Tarot nos obliga a mirar hacia el futuro, nos hace confrontar nuestro futuro. Sus cartas, sus arcanos, están ahí para deletrearnos las claves del porvenir. Sólo nos pide saber escuchar.
He aquí la actitud clave para quien lee o se lee el Tarot: saber escuchar.
Existen diversas versiones del Tarot. De una baraja a la otra, del Tarot Egipcio al Tarot de Marsella, del Tarot druida al Tarot de Dalí, varía el número de cartas y su diseño, pero él tipo de baraja que se adopte como oráculo no es relevante. Se podría leer el Tarot usando un maso de naipes comunes y corrientes. Podríamos leer el Tarot usando recortes del periódico. Lo que importa es la sinceridad con la que se realiza el ceremonial de la lectura, la paciencia y capacidad del tarotista para descifrar los mensajes que cada carta, y su conjunto, nos otorgan sobre nosotros mismos, nuestro destino, y las acciones que debemos emprender para cambiarlo a nuestro favor. Pero, sobre todo, lo esencial en una lectura de Tarot es que el consultante reciba, en el corazón y con su intelecto, los designios del Tarot con respeto, obediencia y Fe, y siga la senda que le demandan. Esto es saber escuchar.
Pero hay algo más.
El Tarot es un oráculo duro. Sus designios nunca se manifiestan con la bondad y la poesía del I Ching, ni con las delicadas metáforas naturalistas de las runas, ni las suaves admoniciones del zodiaco. Los arcanos del Tarot no van a decirnos lo que deseamos escuchar sin antes decirnos lo que debemos saber. Nos demanda saber escucharlo.
Quien pregunte al Tarot debe hacerlo sabiendo que existe un precio para recibir sus respuestas: el descubrimiento de zonas que hasta entonces permanecían ocultas, la apertura de puertas que el consultante mantenía bien cerradas. El Tarot nos ayudará a cambiar nuestras vidas, sí, pero no hay transformación sin sacrificio, y lo que el Tarot viene a destruir son las apariencias y el confort del autoengaño.
En la carta del Diablo vemos al ángel que cae al abismo seducido por sus propias mentiras. En la del Carruaje, el jinete que se niega a elegir un camino ve sus caballos tomar rumbos opuestos. El Tarot no tolera a quien vive a ciegas, y sus vías para hacernos abrir los ojos pueden ser violentas y dolorosas. Las primeras preguntas ante las cartas del Tarot son, siempre y siempre:
¿Cuánto estoy dispuesto a descubrir de mi mismo?
¿Sabré escucharlo?
Óscar Luviano para Tarotistas.eu |